El 27 de junio de 1986 Miles Davis era la figura central del Festival Internacional de Jazz de Vancouver cuando en medio del show, irrumpió en el escenario, trompeta en mano, el joven Wynton Marsalis dispuesto a confrontar con el mito. El cruce, que originó infinidad de versiones, excedió lo personal y representó desde entonces dos miradas opuestas sobre el devenir del jazz.

Todo conflicto tiene orígenes y motivos, y este parecía tenerlos todos. Por un lado Miles Davis, genio y figura de las corrientes más abarcativas del jazz en los 70s. Por otro Wynton Marsalis, valuarte de una nueva generación, con una mirada afincada en “la pureza” de una tradición que renegaba de toda mixtura con otros géneros.
Los años 80, lejos de acercar ambas miradas, habían acentuado las diferencias, con Miles profundizando el camino que había iniciado en 1968 con Miles In The Sky integrando el piano eléctrico de Herbie Hancock y que continúo en los años siguientes con In a Silent Way en 1969 y Bitches Brew un año después; el doble álbum que dinamitó las fronteras entre el jazz, el rock psicodélico y el funk.
A estos le siguieron en la misma línea A tribute to Jack Johnson (1970), Live-Evil (1971 y On The Corner (1972) anticipando los años 80, donde el trompetista regresó tras una inactividad de cinco años para rodearse de sintetizadores y bajos y guitarras eléctricas, incorporando a su repertorio versiones propias de artistas pop como Prince, Michael Jackson o Cyndi Lauper.

En un extremo estético absolutamente distanciado, Marsalis había comenzado a ganar notoriedad como un ardiente defensor del jazz acústico, y no desdeñaba oportunidad de reafirmar su postura con declaraciones que promovían el resguardo de la tradición y el rechazo a toda influencia del rock y la instrumentación eléctrica. Una mirada que parecía tener en Miles a su principal destinatario.
Marsalis, a estas alturas auto asumido como guardian del jazz, encontraba pronto eco para sus declaraciones en la prensa especializada, como las revistas DownBeat y JazzTimes, donde aseguraba que la música de Miles «no era jazz» y hasta llegó a decir que Charlie Parker «se revolvería en su tumba» al escucharla. Davis, tan poco afecto a la diplomacia, respondía con desprecio, diciendo que consumir la música de Wynton era como comer “pavo recalentado”.

Así las cosas en aquel julio de hace 40 años, cuando Miles ocupaba el centro del escenario en Vancouver al frente de un grupo de primeras figuras, que incluía a Robben Ford en guitarra, Bob Berg en saxofón soprano y tenor, Robert Irving III y Adam Holzman en teclados y sintetizadores, Felton Crews en bajo eléctrico, Vince Wilburn Jr. En batería y Steve Thornton en percusión.
Fue entonces cuando Marsalis subió inesperadamente al escenario con la intención de tocar junto a Miles. Aquí los testimonios difieren. Algunos testigos dicen que un sorprendido Miles le dejó tocar algunas estrofas, otros aseguran que no le dio oportunidad y lo echó del escenario sin ahorrarse insultos.
Esta última posibilidad es asumida por el propio Davis en la autobiografía que escribió junto a Quincy Troupe, y que se publicó en 1989, dos años antes de su muerte. “Mientras estaba tocando, de repente sentí que algo se acercaba y, por alguna razón, el público comenzó a entusiasmarse mucho. Era como si aguantaran la respiración esperando algo. Era ese tipo, Wynton. Y Wynton me susurró al oído mientras yo intentaba tocar: ´Me dijeron que viniera aquí´. Me enfadé y le dije: «Oye, ¡sal del puto escenario…Vete a la mierda y bájate!».

Muchos años después Wynton minimizó el episodio. En su propio blog y bajo el título de Mi encuentro con Miles Davis en Vancouver en 1986, el trompetista desmintió las versiones que hablaban de una pelea y señaló que la mayor parte de lo que Miles le dijo fue inaudible debido al volumen de la banda en vivo, aunque admitió que la reacción de Miles fue fría y tajante. Años después, en 2013, reafirmó sus dichos en una entrevista en video con The Wall Street Journal.
Marsalis dijo que la decisión de subir al escenario fue a raíz de una apuesta que había hecho con sus colegas Jeff “Tain” Watts, Robert Hurst y Marcus Roberts durante un viaje en coche a Vancouver, quienes lo incentivaban para que así de respuesta a las constantes críticas públicas de Miles. “Finalmente la historia se extendió por la calle y se convirtió en un asunto mucho más grande de lo que era o de lo que cualquiera de nosotros pensaba”.
Paradójicamente el tiempo parece haberles dado la razón a los dos contendientes. No existen dudas que el jazz debe seguir su progreso sin desdeñar mixturas e influencias, pero también resulta cierto que debe hacerlo sin resignar el aporte sustancial de su enorme historia.
Cuatro décadas después tan solo una fotografía de Chris Cameron da testimonio gráfico de aquel duelo inconcluso.







